Llovía sin cesar y Pablo se refugiaba hundido bajo su paraguas. Eran algo más de las 8 de la tarde en una ciudad cualquiera plagada de coches y transeuntes con excesiva prisa. Sin embargo, Pablo se tomaba su tiempo para llegar a su cita, todavía quedaba algo más de media hora. Se detuvo en su camino para tomar un café, se sentó en una mesa y pidió unas tostadas. Se entretuvo durante algo más de 10 minutos observando ensimismado una pecera, parecía que los peces le observaran, sin embargo, allí estaba él recogiendo los granos de azúcar derramados sobre la mesa, con la yema de sus dedos, movía tan lento la cuchara que pareciera que pesara 20 kilos y no tuviera fuerza. Y en cierto modo, así era, Pablo no tenía la suficiente fuerza para afrontar lo que esa misma tarde iba a suceder, pero sabía de buena pieza que debía hacerlo...
Dejó unas monedas sobre la mesa y salio a toda prisa a la calle. La lluvía se había calmado y ahora unos rayos de sol se filtraban entre las nubes grises.
5 minutos antes de su cita ya estaba esperando. La gente pasaba de un lado a otro sin cruzar miradas...
Había pasado 10 minutos más de la hora fijada y Pablo miraba de un lado a otro impaciente, odiaba la impuntualidad y en ese dia mucho más.
Por fín y sin apenas advertirlo, un chico joven, alto y vestido con un traje que bien pareciera hecho a medida se postró a su lado; estrechó su mano y miró fijamente a los ojos de Pablo, sintiendose éste, un poco intimidado.
Se dirigieron sin apenas mediar palabra hacía la casa de Pablo...
Continuará....
miércoles, 14 de noviembre de 2007
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